A París se va enamora’o – dicen –

Hace poco un francesito del sur se rió cuando le dije que fui a París con el novio equivocado. “A esa ciudad se llega sin dudas”, le decía. Y se reía más el catirito. Según él París es una ciudad caótica. Una donde el turista debe tener tanto estilo como sus habitantes. No es muy sutil, ella.

Cuando llegas y no tienes idea de cómo acercarte a tu hotel, cuando lo único que hablas en francés es un exagerado Bonjour- Au revoir y rebotan a tu fiel inglés, lo único que te queda es reírte de lo tonto que te sientes con el noviecito que se echó ese maratón contigo.

Las vacaciones guerreras tienen de todo menos estilo. Dos jeanes, un par de zapatos de goma, una manicure sencilla, cabello alborotado y unos zarcillos de plata te acompañarán todo el viaje. Tu chico, como siempre, llevará un par de franelas coquetas y tú lo verás más enamorada que nunca. Ese es el plan. Besarse una y mil veces con la misma ropa que no te has quitado en 2 días. No importa: es el fucking París.

Perderse en una de sus calles o correr porque van a cerrar el Pere Lachaise y se van a quedar encerrados con los muertos que han construido la historia de la humanidad debe ser una historia contada con ojos enamorados. Sentarse cerquita del Sena en silencio debe ser un cuento que se  repita en sueños cada 2 meses. París debería ser, para sus extraños, el comienzo de una relación. Se vive poco en esas tierras. Se desean demasiado.

Aun así…

Uno de los besos que recuerdo como si fuese ayer es uno que me dieron en Caracas en plena Sabana Grande. Así mismo. Noviecitos ucevistas que se iban agarrados de mano a casa, echándose cuentos y robándose cariñitos. No recuerdo qué pasaba pero el cielo de repente se llenó de fuegos artificiales, humito y colores. Nos paramos y nos quedamos un minutito en silencio viendo el show. Nos agarramos la mano durísimo, nos miramos a los ojos y nos abrazamos en silencio. No había Torre Eiffel, no teníamos crepes de nutella en cada esquina ni olor a vino. Olía a Caracas de viernes: apurada, paranoica y divertida. Nos tomamos una birra, agarramos el carrito y pa´ la casa. Una vez más nos dijimos: te amo.

Al de París no lo vi más nunca después de aquel viaje. Su mal humor instalado e innecesario me tumbó la ilusión aquella de que era la ciudad del amor. La distancia que todo lo jode, dicen. Al final le di la razón al franchu. París es una ciudad impactante pero no de enamorados. Y que lo diga él que varias veces nos caímos a besos en pleno Callejón de la Puñalada con un par de crackeros al lado. La ciudad de los enamorados existe mientras beses viendo a los ojos, mordiendo los labios y gimiendo al oído.

Una de las líneas finales  de “An education”, dice:

“Jenny: One of the boys I dated, and they were boys, suggested that we go to Paris and I said I’d always wanted to see Paris. As if I’d never been!”

Si se va a París con el chico equivocado toca hacerse el loco: “París, emmm, no. No me suena”. Esa ciudad me debe una visita.


(Originalmente publicado el 05 de noviembre de 2011)

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