Para mí no eran putas

(Originalmente publicado el 23 de julio de 2011)

Mi amiga Vale tiene 31 años. La conocí hace poco pero, por tener mi edad, tenemos bastantes cosas en común. Cosas tan tontas como que podemos hablar por el teléfono fijo por más de 30 minutos y como si nada. Y así, con el espíritu noventoso, me dice en una de esas llamadas larguísimas: “Sam, vamos a acabar el trapo mañana. Salimos y pendientes de unos besitos con unos chicos, qué se yo…Cualquier cosa que me saque de esto de trabajar en la casa”. No hago más que responderle: “dime la hora y estoy lista”. Las rumbas son mejores si tienes las ganas acumuladas.

Casualmente uno de los toques más extraños en la historia de la ciudad iba a ocurrir ese día. La Tigresa se presentaba y, más que ir a disfrutar, teníamos que “observar” a los participantes en esta fiesta. Así que, sin ofender o criticar a nadie, nos fuimos. No hay mucho que decir -no más que lo que se ha leído y hablado de ese día tan extrañito-. Pero la verdad es que mi noche no había realmente empezado y ya eran más de las 3:00 a.m.Vale, otro amigo y yo nos miramos a la cara y sin decir palabra, pensamos: “es burda de temprano, ¿no?”.Agarramos el carro y los tres, ya riéndonos de cualquiera de las absurdeces que vimos esa noche, nos fuimos.

En este sitio de Altamira la fiesta seguía intacta. Mi amiga y yo estábamos pendientes como que de otra cosa. Ella ya le había puesto el ojo a un chico y yo a otro. Pero, al ir a buscar una cerveza, mi ojo cambió de ritmo. No había visto a este muchacho en toda la noche pero de repente lo tengo frente a mí y no podíamos dejar de hablar. Él me dice algo como: “Epa, pero qué lindo tu vestido”. Yo, más rumbeada que nunca le respondo: “No, ¡qué lindo eres tú!”. Y como si nos conociéramos de toda la vida decidimos contarnos la vida en la esquina de este local miniatura.

-“¿Y tú qué haces?”, me pregunta. Esas cosas que debes saber antes de besarte con un extraño, por ¿educación? Será.

-“Yo escribo. Escribo sobre el cuerpo”. Esas cosas no se las comento a nadie, pero si son las cinco de la mañana y la fiesta te corre por las venas, te pones sincera.

Al final decido irme con este chico y sus amigos -casualmente teníamos algunos en común-. Mi amiga se va por su lado a pasarla mejor y fue allí donde comenzó la locura.

Uno de los pendientes que tenía por hacer en esta ciudad era ir a un prostíbulo. Pero siempre andaba con mis amigos cara bonita o con mis amigas y no tenía mucho sentido. Siempre quise ir, de testigo, y observar cómo se mueve la noche después de las 5 am. Eso sí, agua en mano y con los ojos bien abiertos.

Buscar relatos sobre el cuerpo en la ciudad de Caracas es una de mis últimas obsesiones. El día de mi cumpleaños terminé junto a casi toda la comunidad gay de la ciudad en un bar drag en Sabana Grande;  las mejores conversas sobre conductas sexuales las tengo con extraños y así… Por supuesto, esto de tener cerca a una “trabajadora sexual” de verdad era casi un reto para mí. Y, claro, siempre pendiente de la oportunidad. Como dije antes, no es un plan fácil.

Yo, rodeada de la seguridad del local que acabamos de dejar y de mano con este chico que acababa de conocer, me fui a este sitio: “es un bar medio antro, Sam. No tiene nombre siquiera. Sólo es una puerta negra en Plaza Venezuela”. Lo único que pensé fue: “¿ahora o cuándo?”.

Un strip pole, vacío y un poco triste, decoraba el centro del lugar. Algunos hombres sentados en la barra, medio dormidos, ni se dieron cuenta de que llegamos. Mi amigo me presentó a Elizabeth, la que ponía el orden en el lugar. 2

-“Hola linnnda, cómo estas mi amor, ¡bienvenida! A ver, qué quieres escuchar, hay de todo. Tenemos hasta Rockola”-, me dice la señora un poco acelerada…

-“Nada, ¡gracias!”- Le contesto con mi vaso de agua con hielo en mis manos, más pilas que nunca.

Le digo a este amigo que voy al baño y él me dice que mejor me acompaña. Me deja adentro y me presenta con las muchachas que estaban allí. Todas me miran de arriba abajo y siguen en lo suyo. Tarjetas de débito de todos los colores decoraban el sitio, lo menos que se escuchaba o se veía era maquillaje, jabón o cualquier cosa relacionada con un baño. Y ahí me asusté.

Rapidito entro  y, sin darme cuenta, se mete la encargada del sitio conmigo. Ella me dice: “No te preocupes mi amorrr, yo hago esto rapidito y salgo. Es que sino, me duermo, ¿tú sabes no?”. Y empezó a rodar la coca sin penas. Estoy segura que no supe qué responder, o al menos no recuerdo. Simplemente agarré mi vasito de agua y salí de ahí lo más rápido posible. No pasa todos los días que una madame me ofrezca drogas duras a las 6:00 a.m en Plaza Venezuela…

Me senté con mi grupo y me di cuenta que tenía tres señoritas al lado mirándome.

-“¿Qué edad tienes tú?”, me pregunta una.

-“31 , ¿y tú?”, le respondo.

La muchacha no me dice nada. Se voltea y le dice a su amiga:

-“¿Puedes creer que esta chama tiene tu edad? ¿Pero si tú luces como de 40 y tienes menos edad que ella!” A lo que su amiga le responde:

-“¿Me estás diciendo vieja?”

Sin pensarlo mucho, me levanté. Me puse a hablar con mi amigo de ésta y de sus otras aventuras por la Caracas underground. Nada agradable la situación, pero vale la pena contarlo. Se hicieron las 8:00 am y puedo jurar que todo lo que hablé en ese sitio fueron estupideces. Lo que más importó fue ver la actitud de estas jóvenes para conseguir clientes; cómo me miraban con casi desprecio por ir con uno de sus “amigos”; ver cómo entraban y salían de ese pasillo oscuro que ni me atreví a ver de cerca; de cómo estas muchachas mienten para acercarse a un tipo por una poca plata; cómo algunos hombres se escapan de sus novias o esposas y apagan el teléfono sin importar quién los esté observando…

Estas mujeres-niñas, que no pasan de 20 años, gastan sus noches vendiendo carisma, quitándose la invisibilidad que les proporciona la noche. Estas personas que me acompañaban, todos hombres hechos y derechos, conversaban sobre sus negocios, sus esposas, sus hijos. Me invitaban un refresco, me preguntaban si estaba bien, me compraban botellitas de agua. Mientras, estas mujeres se posaban sobre sus espaldas y nadie las veía, ninguno le prestaba atención. Yo buscaba sus ojos y les sonreía. Simplemente quería decir: “sí, estas aquí y te veo”.

Para cerrar la noche me senté de nuevo con ellas. Sólo quería sentirme cercana, hablar. No hicieron más que decirme mentiritas: “nosotras no trabajamos acá, venimos de un cumpleaños”. Pero les seguía la corriente, hablamos de los regalos inútiles que siempre aparecen en este tipo de fiestas, nos reímos de los borrachitos que bailaban solos en la sala. Por un momento se me olvidó el baño lleno de cocaína, mujeres embarazadas y prostitución. Éramos sólo chicas que decidimos salir a tomar un trago. Al menos, lo eran para mí.

Samantha Mesones

@RevistaOjo

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