No todos los baños quedan al fondo y a la derecha

Caracas, la mía al menos, tiene noches de noches. A pesar de ser peligrosa,  oscura y hostil, sorprende. El jueves pasado me llama uno de esos amigos que conoces desde siempre pero ves poquitito. Sólo en ocasiones especiales. Por ejemplo, un despecho. Este chico acaba de terminar una relación con la que él pensaba era “la definitiva”. Tantas pero tantas veces hemos caído en esa conversa.

Lo menos que teníamos ese jueves era la palabra “definitivo”. Yo de boca roja, mi amigo con chaqueta bonita, jueves en Caracas.

Llegamos a un lugar. Teníamos toda la mesa para nosotros. Empezó a llegar gente y las conversas tontas empezaron a fluir: ¿dónde trabajas? ¿qué edad tienes? ¿hace cuanto que regresaste a Venezuela? Y así, cerveza tras cerveza. Gente estilosa, cabellos largos y alborotados, lentes de pasta , lacitos en el cuello, gomina, besos, abrazos a más no poder…El sexo podía olerse en el aire.
Me presentan a un chico asiduo a estas cenas alcoholizadas y empezamos a hablar. Ya con un par de cervezas encima, le digo: “ey, en un par de birras más te pregunto un par de cositas”. Él me responde: “A mí no me hacen faltan cervezas para hablar. Siempre soy directo y voy al grano”. Fascinada, el tipo me sigue hablando: “Yo no sé cuál es la tontería a la hora de tener sexo. Ten tus 10 minutos de anarquía y ya está…” Ya, para ese momento, pegaba brinquitos. Me gustan las conversas sin pena.

Suben la música y empiezo a caminar sola por el sitio. El humo ya no deja ver bien las caras, nada se escucha, pero todos nos sonreímos aunque nadie se conozca. Antes habíamos escrito en un papelito nuestros secretos, anónimamente. Alguien toma un micrófono y los lee. Las parejas se empiezan a unir. Mi amigo nuevo se acerca y me dice: “Mi fetiche son los peludos”. Me río como loca, lo abrazo y le digo: “El mío son las pancitas. Amo un tipo con una pequeña pancita. Provoca besarla”. Y empieza a hablarme, teléfono en mano, de sus novios pasados. Uno más lindo que el otro, por cierto. Este chico me dice: “¿sabes por qué este sitio tiene éxito? Porque nadie anda con tonterías. Todos somos transparentes. Venimos a lo que venimos”. Y me puse a pensar en la Caracas de noche. Esa que te obliga a estar una hora arreglándote porque tienes que estar linda, entaconada, plastificada. No tengo ningún tipo de problema en arreglarme –lo amo-, pero se trata de otra cosa.
Creo que esa noche algo se trasparentó. Las miradas que vi eran reales. Las sonrisas entre todos eran más eróticas de las que he visto nunca en esta ciudad. La música era perfecta. La ropa, adecuada. Los labios, más rojos que nunca. De esa noche me quedo con eso que dijo mi amigo nuevo: “ten tus diez minutos de anarquía”. Y le tomo la palabra.

 

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