De cómo se puede seducir con un pañuelo en esta ciudad

Esta semana me reuní con una amiga que tenía tiempo sin ver. Como sabíamos que los cuentos “iban para largo” decidimos vernos bien tempranito. Esos almuerzos-cena-borrachitas que son adorables. Tema a tratar: novios, amantes, ex – esposos, citas fastidiosas, chico que nos gusta, al que extrañamos, etc. Lo típico, pues.

Después de una botella de vino, aquellos cuentos que comenzaron un poco hostiles se llenaron de risas y bochinche. La familia perfecta que tenemos al lado nos mira raro y cambian de puesto al hijito de 5 años que los acompaña. A final de cuentas, el cielo está hermoso en Caracas en estos días. No hay manera de no terminar una conversa así.

A todas estas, le comento a esta amiga que encontré un libro que narra la historia del noviazgo y la seducción en Caracas. “Casi se me sale el corazón cuando leí el texto”, le digo. Y venga otra copa, porque este cuento sí es bonito.

Pasiones a través de sombreros, pañuelos y abanicos.
A comienzos del siglo XX el amor flotaba sobre Caracas. Los periódicos publicaban poemas “algodón de azúcar” -más empalagosos que sabrosos- pero todos fascinados con ellos. La seducción -que por muy romántico que esté todo, siempre está presente- desarrolla un lenguaje increíblemente fascinante. Uno que, de alguna manera, deberíamos adoptar nuevamente.

Los chicos, en la plaza o en el baile de la semana, usaban el sombrero para dar todo tipo de mensajes. Cuando llegaba a la fiesta la chica de sus sueños, se lo quitaban y se arrodillaban con la pierna derecha. Era suficiente: ¡Corazón robado! Y si no le gustaba mucho la muchacha, hacia un gesto delicado con la cabeza y listo. A mirar a otro lado.

Los más picarones sacaban su pañuelo para establecer una comunicación más directa. Cuando lo pasaban por la boca era porque “deseaban establecer correspondencia amorosa”. Y si lo pasaban por ambos chachetes, pues a prepararse: ya venía una boda. ¡Pasión total! Nosotras, las mujeres, no nos quedábamos atrás. Un pañuelo como pulsera significaba: estoy soltera y buscando.

Un accesorio que no faltaba entre las chicas era un abanico. Si lo llevabas en la mano derecha significaba que estabas sin novio. En la izquierda: “lo siento, ya estoy comprometida”. Y si les daba un ataque de celos feroz, pues cerraban el abanico con fuerza y hacían ruido con él. De esta manera el novio ya entendía que tenía que dejar la coqueteadera con la otra.

¿Qué demonios pasó con la seducción en esta ciudad?
Le digo a mi amiga, copa en mano, que lo que nos hace falta es rescatar un poco esa sensualidad discreta (pero endemoniada) que se ha perdido con el tiempo. Es raro que yo lo diga, pero el recato tiene una magia increíble. Esperar con calma un beso de ese chico que no te deja ni dormir –sin importar la edad- vale su peso en oro.

“Hagamos que cada relación sea una historia que valga la pena contar”, le digo ya borrachita. “Y vámonos, ¡que nos van a botar por chillonas!”

Información tomada del libro:
CARTAY, Rafael, Fábrica de ciudadanos. La construcción de la sensibilidad urbana (Caracas 1870-1980), Fundación Bigott, 2003.

Publicado en Erika Tipo Web.

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