Discreción, nena: ¡vuelve!

Esta semana he hablado mucho con parejas y amigos sobre los celos twitteros. Hace poco le comentaba a un pana lo cansada que estaba de leer coqueterías e indiscreciones por esta red. No sé. ¿Será que ya estoy grande y me da fastidio? ¿O es que de verdad me da igual saber quién-quiere-con-quién ? Pero, pensando en frío, esto es parte de aquello que tanto amo: flirteo a una tecla de distancia.

Un amigo me visita el domingo y me dice, junto a su novia: “hay chamas que están realmente locas, Sam. Coqueteo es poco. Declaraciones de amor eterno de gente que de verdad ni me conoce. Y me meto en rollos, que es lo peor”. Al lado, mi amiga mira de reojo y dice: “Coño, ¡pero es que lees esos tweets y te desmayas de la rabia!”.

No voy a caerme a mentiritas: he “stalkeado”, a veces sin querer, y la rabia es igualita. Pero decidí entender de qué se trata todo este circo de ropas al aire y ver de dónde viene este bochinche. Soy fiel creyente de que la historia nos hace y que algunas respuestas solo se consiguen desempolvando la biblioteca.

La discreción amorosa: siglos enteros sin estar en el panorama.

Hace unos meses alguien me regaló “La historia de la galantería”: coquetería, chanceo, flirteo hecho historia. Decidí buscar en qué momento perdimos todo tipo de discreción cuando de amapuches se trata. Y me topé con esto:

“ Hasta el S. XVII el amor no dependía de los sentidos. Sus refinamientos, en mismo modo que sus encándalos, permanecían ocultos para decoro de la corona (se refiere a la corona de Luis XIV). En el S. XVIII el secreto y la discreción se desvanecen. El amante despierta a todo el barrio con el ruido del látigo de su cochero y deja el carruaje a la puerta para hacer pública su buena suerte (…) La época del “amor cuartelero” ha nacido: las intrigas amorosas son breves y apuntan al placer de los sentidos. Se les llama fantasías pasajeras (…) El gran misterio del erotismo dejó de serlo”.

Es en este siglo cuando en tierras europeas se ponen de moda las serenatas: “las jóvenes se quejaban de los ruidosos enamorados que infestaban las calles con el sonido de sus violines y violas, desde la media noche hasta las cuatro de la mañana (…) Es preciso creer que los enamorados pretendían conquistar el corazón de sus amadas de la misma manera que un cazador: quitándoles el sueño”.

En este siglo de bocas desatadas y alborotos nocturnos, la letra también se hizo presente. Cuando un chico se enamoraba de alguna muchacha en una obra de teatro o reunión social solía describirla con detalles al día siguiente en prensa:

“El pasado miércoles por la noche en la primera fila, vestida de satén rosa, cinta alrededor del cuello y una pluma en la cabeza, creí haber visto a un alma capaz de entregarse con sincero amor a mi persona. Le pido a esta Julieta que acepte, en lugar y fecha, una entrevista a este Romeo…”.

Lo que menos vio este Romeo fue el alma de su Julieta. Y nuestra querida Julieta, pluma y cinta bien puestas, logró su cometido. Mientras ellos quitan nuestro sueño con canciones y serenatas, nosotras preparamos la vestimenta y garbo. El flirteo y la moda se dan la mano desde hace décadas enteras. El mejor combo de la historia.

Creo que nuestros cuerpos son unos adictos a las buenas experiencias y está, constantemente, en búsqueda de un amor que alborote nuestra vida enterita. Y sí, estoy harta y algo impresionada de la cantidad de chicas que se desnudan literalmente en palabras tontas e interesantes -hay de todo- con el chico de turno en la primera red social que encuentren. Yo prefiero brincar el asunto público y citarme en lugar y fecha con el Romeo. Pero, definitivamente, entiendo cómo funcionan nuestras cualidades sociales y cómo se adaptan a los tiempos. Somos, finalmente, animales que estamos destinados a la reproducción y la biología tiene sus maneras de lograr su cometido (sí, a lo animalito). Las ganas desesperadas de gritar que estamos con una, dos o tres personas nos da la sensación de seguridad amorosa. Pero, ya sin pensamientos cientificos inventados: ¿de verdad estamos haciendo lo correcto? ¿Es ese el camino? Um, no sé.

Vuelvo al S. XXI con Iphone en mano y entiendo, un poquito más, dónde estamos parados. Las relaciones contemporáneas están bañadas de esa cualidad efímera que nos lleva a saltar de boca en boca sin que nada importe: mayor cantidad, mayor calidad de galantería.

Por mi lado seguiré con el ojo abierto. Finalmente, de eso se trata este pedacito de mi cabeza 🙂

 Los textos los tomamos de este libro (uno de los mejores regalos que me han dado).

Historia de la galantería de E.S Turner.

 

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