El poledance al ritmo del ojo que mira

“La sexualidad trastoca. Si la cultura suele presentarse como un objeto discreto, una red sin costuras de relaciones sociales, la sexualidad es el cabo suelto que deshace la prenda”.

Nicholas Mirzoeff.

El universo del poledance en Caracas está lleno de piel descubierta, ropa chiquita y cabello alborotado.La disciplina tiene una faceta atlética que se certifica cada vez que se abre una academia nueva en la ciudad.

Pero, como todo, no hay una sola cara. También hay mucho prostíbulo caraqueño que muestra a sus trabajadoras en su faceta de bailarinas.

Una conversa con una de estas trabajadoras de locales nocturnos me trastocó. Ya no podía escribir únicamente sobre academias, saltos, postes y deportes incipientes. Bajo la luz de un bar de lujo, un ron cargado y una prostituta echando un cuento, la historia cambia. Y recordé, mientras intentaba sacar fuerzas para escribir la nota en un país lleno de cambio y “revoluciones”, que no soy periodista. Soy un historiadora de artes que se enamoró del cuerpo y sus representaciones visuales: escribo a partir de la emoción. De ese golpecito en el estómago. Pero no importa. Hay que escribir.

 sexy caracas

Imagen y realidad: ya no existen límites

He entrenado mi ojo para ver cómo se muestran las mujeres y hombres en nuestra ciudad: cómo coqueteamos, de qué manera nos vestimos, cómo nos acercamos al otro. No es tan complicado: estamos hechos de patrones.

El imaginario sexual es como la decoración de una discoteca: de noche -cuando la fiesta es joven y los tragos bailan-  es hermoso: brillos, encajes, medias, perfume. Imaginemos ese mismo sitio a las 8 de la mañana, con un par de borrachos que no se quieren ir, olor a cigarrillo e iluminación natural. Aun así, lo creemos. Nos quedamos con la fantasía, la identidad creada, el cuerpo inamovible: “estuve con el hombre más bello del mundo y nos dimos los mejores besos de la vida”. Es imagen. Todo, todo es cultura visual.

 

Dos universos que bailan

AeroDance es la academia de mi amiga Elizabeth Maal. Nos sentamos a tomarnos un café a las 5:00 de la tarde en un centro comercial del este de Caracas. Me cuenta, en los escasos 20 minutos que tiene entre clase y clase, sobre la historia de este deporte que cada vez tiene más presencia en nuestra ciudad: “ El yoga, el mástil marinero y el circo chino son los abuelitos directos del poledance. En los años cincuenta el burlesque invade todo el imaginario occidental femenino y entra en el bar. En los años 80, en Estados Unidos, se abre la primera academia. En nuestro país, apenas hace seis años, una chica empezó a dar clases en su casa con lo poco que aprendió en Inglaterra. De ahí venimos”.

Ella es gimnasta y descubrió el aéreo hace poco en el mundo del circo, es totalmente fiel a los movimientos y trabaja para que sean los protagonistas. “Nadie tiene que darse cuenta si es un hombre o una mujer quien está bailando”, afirma. “No me cabe en la cabeza estar acariciándome antes de montarme en el pole. Se supone que estás haciendo una acrobacia. Por ejemplo, si estoy haciendo un show en el circo y me ven con un mínimo de sensualidad, me botan en el acto. Una cosa es tener expresión y otra es mostrarte sexual”.

Las academias se están organizando para realizar concursos entre sus alumnas, entrenamientos especiales, eventos para todo público. El poledance “académico” esta por mostrarse sin tabúes en la ciudad. Color, deporte y feminidad, sin penas, se están dando a conocer. Son las 6:00 de la tarde. Se acaba el café. Pedimos la cuenta.

Dos semanas más tarde, a las 11:00 de la noche, me presentan a “Alexa”. Estamos en Trío, uno de los prostíbulos más famosos y guapos de Caracas. No hay grabadoras, celulares ni cámaras -al menos por nuestro lado-. Alexa es muy sincera con nosotros desde el primer momento. Quería hablar, echarnos los cuentos. Nos sirven un ron, lo compartimos con ella y a los pocos minutos sabemos que es lesbiana, tuvo dos hijos de un cliente -porque se moría por tener bebés con su pareja mujer- y es adicta a la cocaína. Quince minutos después, entre chicas que pasan a mi lado y me miran con cara de: “y esta pana qué hará acá con una libretita en la mano…”, descubrimos que a Alexa la violan y la secuestran varias veces por semana. Ella habla y habla y me da pena seguir escribiendo porque lo único que quiere es que la escuchen. No le interesa que anote nada en mi cuaderno. Seguimos hablando de los cuentos más rudos que he escuchado en mucho tiempo pero ella no deja de sonreír. Toca su nariz varias veces, me toca la pierna, seduce un poco a Pablo -el amigo periodista que me mantuvo con los pies en la tierra mientras hablaba con ella-. No es difícil irse por las ramas con tanta historia dramática.

giphy

“Yo soy rockera, ese es mi estilo de baile”, me dice cuando finalmente hablamos del pole.  “Aquí no dejan que suene nada latino así que prefiero irme por el rock. Metallica es la banda con la que más bailo”. Luego de hablar un buen rato la buscan para hacer su presentación. Ella, con su ropa miniatura, se lanza sobre el poste con más rabia que sensualidad. Sube unos cuantos metros y baja con poca gracia, hasta el piso. Se trata únicamente de mover el cabello, las caderas y el manejo impecable de unos tacones de 12 centímetros. “Dos bailes cada noche cansan”, nos comenta. “Por eso debo hacer cardio todos los días”. No hago más que decirme, en silencio, que tanta cocaína y alcohol no combinan con la palabra “cardio” en una misma frase.

Cuando terminó no paré de decirle que ya pronto se iba a graduar e iba a salir de ese lugar. Porque evidentemente no disfruta lo que hace. Nadie baila a disgusto.

Se acaba la noche y no sé qué decirle a mi amigo Pablo.

El imaginario y la realidad ya son uno. Cuando vemos una mujer montada en un pole bailando de maneras imposibles observamos sensualidad. Y ya. No nos damos cuenta de que son dos Caracas absolutamente distintas. Por eso me gusta tanto hablar y escribir. Es la única manera de quitarle algo de poder al ojo.

Samantha Mesones. 

Artículo originalmente publicado en La Revista Ojo N° 18. 

2 comentarios en “El poledance al ritmo del ojo que mira

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