El porno de colección que encontré en Venezuela

Originalmente publicado en Vice.

Sólo un par de veces he ido a un psicoanalista. Los uso –perdón por esto– como personas que me pueden “arreglar” en algún momento loquito de mi vida. Sé que la cosa no debería ser así. Pero bueno, a mí me sirve. Voy con un problema, me dicen dos cosas, entiendo que no es grave, y a la casa.

Pero hace dos años una doc me hizo el Test deRorschach –en el que le muestran a uno láminas con manchas de tinta para que uno les responda con una palabra– y lo que me dijo ella me impresionó un montón: mientras veía las imágenes, que no puedo mostrar porque eso alteraría las percepciones de futuros pacientes, las únicas cosas que reconocía eran corazones, charlas con mi hermana menor sobre amor, bares, siluetas de parejas, música de fondo. Rojo. Besuqueo.

Normal.

La doctora me dijo esto: “Samantha, ¿qué tienes tú con el cuerpo…?”. Me impresionó mucho que en esa primera cita la doc descubriera cosas que, suponía, sólo estaban en mi hoja de vida. Le respondí esto: “bueno, doc, yo escribo una columna sobre cuerpos, feminismo, ciudad y en la tesis hablé de …”. Ella me interrumpió, “no, no, esto lo tienes desde que naciste…Una relación extraña con el cuerpo”.

Eso que tengo, creo yo, se disparó en la universidad. La historia del arte te hace revisar la percepción del cuerpo en todos sus tiempos. Forma, detalle y desfiguración. Pero, sin duda, algo pasó cuando me topé con el texto de Fabián Giménez Gatto: Pospornografía. La cosa supera al cum shot. Es decir, la imagen que define al porno. La sexualidad, la verdadera, va más allá de “vente en mis tetas”.

Citando a Baudrillard, “el porno dice: hay un sexo bueno en alguna parte; yo soy su caricatura”. Lo Posporno, para ser específica, entra y sale del discurso de la penetración, observa el silencio entre cogidas. Para mí, es una buena parte de lo que llamamos amor. Es entender el poder de una pintura de labios, el tacón, el perfume, la textura de una falda.

Es muy chévere encontrar gente con la que se puede hablar de estas cosas sin ánimos cochinos.

El “sucito”

En Facebook, ese sitio de comadres aburridoras o trabajadores sociales de medios ––como yo––, me encontré con “el sucito” de Jesús Torrealba ––como él se llama a sí mismo––. Lo único que sabía de él es que teníamos amigos en común ––incluyendo a mi familia–– que les gustan las fotos de bellezas curvonas de los 50 y ya. Nada más.

Pasó el tiempo y cada vez me divertía más viendo los posts de este personaje: mujeres realmente bellas, comentarios que serían censurados si Zuckerberg llegara a darles un ojito. Porque es raro ver un piropo calentón en pleno Facebook. Es como hablar de sexo oral con una tía viejita.

Eso y su trabajo fue lo que llamó mi atención. Quise llamarlo y conocerlo. Pero lo que encontré en su casa fue algo más allá de una buena conversa: fue, prácticamente, un tesoro escondido.

La casa

Visitar La Pastora es siempre una delicia. Tener a la montaña tan cerca siempre da un fresquito reparador. Ya por ahí el paseo iba ganando. Pero cuando Jesús me abrió las puertas de su casa descubrí un verdor que enceguecía de lo lindo que era.

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Al entrar y entender la belleza en donde me encontraba, vi una de las colecciones de muebles del S. XVIII más hermosa que he visto en mi vida. Y sí, yo exagero siempre. Logro entender, por ellos, de dónde viene tanto amor al pasado: el respeto por el objeto, por el diseño eterno, por el buen gusto viene de casa. Y lo que me impactó más es que no me sentía en un museo.

En el estudio de la casa, Jesús ofrece sus servicios como fotógrafo. Si una linda pin up quiere mostrar un poquito de piel, este es el lugar. Las paredes están llenas de las caras pícaras de sus pinturas, obras que están a punto de exponerse y parafernalia. No hay nada muerto allí. El tiempo no ha pasado por estos peroles.

El recorrido siguió.

Orgulloso, Jesús me llevó por varios cuartos que tienen lo que para mí es una fortuna: maletas hermosas que provocan ser usadas para ir a trabajar todos los días, sillas a medio reparar que han sido tomadas de la calle, botellas de Coca-Cola viejitas y perfectas. De verdad, ya no sé qué decir.

Llegamos, finalmente, al cuarto donde está la colección personal de Jesús.

Una mini historia del cómic porno caraqueño

Esta última parte la escribo con una advertencia y una promesa: es muy poco lo que está acá en comparación con la riqueza del material.

 

Después de casi 45 minutos empapada de semejante belleza, entré a la habitación de rarezas de Jesús. B-Movies, cómics, muñecos, y miles, MILES, de revistas pícaras de los 50 y 60.

Después de ver y jugar con todo, Jesús me dijo lo siguiente: “ahora sí, ven para mostrarte mi trabajo”.

Lo primero que hizo fue sacar una pila de revistas pícaras en diversos formatos, casi todas venezolanas. El Gozón, por ejemplo, dejó de existir en los años 80.

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Me contó que todas estas cosas fueron su infancia. Con los amigos de bachillerato hacían “vaca” para comprar las picaronas revistas que se vendían en el kiosko.

Al ver este material le dije esto: “¿sabes dónde recuerdo haber visto este tipo de cosas? En esas cestas en casa de los tíos y abuelos llenos de revistas viejas, ¿sabes? La típica lectura del sinvergüenza de la familia”. Y me dijo que sí, que esas eran revistas prohibidas, mal vistas. Escondido pero, a fin de cuentas, leído. Como ejemplo me mostró esto.

 

La portada, en naranja, es la que exhibía en los kioscos.

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Pero, al abrirla, uno se encontraba con esta belleza.

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Una de las cosas que, me parece, tiene más valor en esta pila de imágenes, es el material que empieza a recibir de sus colegas. Originales que le dan vida a una historia del cómic venezolano que no está escrito en ninguna parte.

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Uno de los trabajos más fructíferos de Torrealba fue el que realizó en El Camaleón (1989-2003), famosísima publicación de humor político venezolano cuyo eslogan rezaba: “Un rato con el gobierno, otro con la oposición”. Venía insertada en el diario El Nacional. Nos hace recordar una Venezuela distinta, donde la opinión diversa tenía cabida.

En esta revista, Jesús estaba encargado de hacer las imágenes picantosas. De diez trabajos que mandaba le recibían dos o tres.

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Luego de cuatro años trabajando para El Camaleón, Graterolacho –– el periodista fundador–– llamó a todos los ilustradores y les ofreció trabajar en La Guacharaca, una publicación porno ilustrada donde, finalmente, podían hacer lo que les daba la gana.

Esta publicación tuvo tanto éxito que vendía más que El Nacional, uno de los periódicos más importantes del país. Me contó Jesús que la revista producía tanto dinero que compró la que hoy es la casa de su familia, viajaba, etc. Decir eso en este país es sinónimo de fluidez económica.

Dato curioso de esta revista: nadie firmaba con su nombre verdadero. Ni siquiera los directores. Sólo Torrealba. Graterolacho se cuidaba muchísimo porque su nombre no estuviera relacionado con pornografía o material kinky.

Jesús ahora vive de lo que más le gusta: ilustra sexo. Satisface fantasías de gringos que quieren ver tetas, penes y cum shots a más no poder.

Yo fui a visitar a Jesús porque me parecía que su manera de ver la sexualidad era bastante relajada y divertida. Pensaba que sus obras merecían ser vistas y que valdría la pena hablar de ellas. Pero lo que descubrí esa tarde fue oro, historia, cuentos por echar. Ya veremos cómo seguimos contándola.

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