Mi oído venezolano en Santiago

Si eres venezolano, sabes que tenemos una montaña de años bien jodidos. A veces recuerdo la cara de las personas extranjeras amigas al echarle el cuento de mi país. Es una mezcla entre “deja de inventar loqueras, Sam” y “pobre mujer…”.

Eso hace que al hablar con un venezolano inmediatamente reconozcas tu pasado. Caótico, pero lo reconoces. No hay que explicar mucho.

Tengo tres meses fuera del país. Por supuesto, las razones son fundamentalmente económicas y políticas. Pero salí porque a veces la vida te presenta personas invalorables y quieres seguir el camino con ellos.

Como el cambio ha sido tan grande en muchos sentidos, he parado el contenido de este blog. Estoy sintonizando con Santiago. Observando y escuchando antes de lanzarme a la letra.

Pero al pelar la oreja en estas calles escucho, mucho, mi acento. Uno de los últimos encuentros fue en un Starbucks. Era aún verano y la casa se ponía insoportablemente caliente. Tanto que la bauticé “Higuerotico”. Es calentica la condená. Me fui al café para seguir trabajando y estar al menos un rato con aire acondicionado.

Me fui a una de las zonas más solas para leer tranquila. Me senté al lado de unos señores de cincuenta y tantos. Me alejo de niños y adolescentes siempre, sobre todo si voy a leer.

Pues era una pareja de venezolanos. Por lo poco que entendí, la mujer tenía un cargo importante en una empresa. Llevaba muchos años trabajando. Lo supuse porque le comentaba a su amigo cosas sobre pagos, vacaciones, etc. Y escuché cifras de dinero importantes. Comentaba la señora que, a pesar de eso, no le alcanzaba la plata. Y comparaba cómo, con algunos pesos chilenos, podía resolver un montón de cosas. Habló, creo, de su imposibilidad de mudarse definitivamente  a Santiago. Sobre todo porque no sabría qué hacer acá.

La señora hablaba y hablaba. Su compañero, que al parecer sí vivía acá, escuchaba atento. Hizo una pausa y le dijo: “¿Qué más quieres tomar? ¿Café frío? Lo que sea, ya te lo traigo…”. No esperó respuesta siquiera. Me encantó ese detalle. Qué chucha importa lo que quieras tomar. Qué  importa los 45 sabores del puto Starbucks. Sólo quiero que sigas hablando y escucharte.

Por cierto. He descubierto que amo la palabra Chucha. Me pegó un frío horrible hace poquito y se me metió por la falda y me salió del alma: “Chucha, qué pachequito candela…” ¿Ves? Poco a poco se va metiendo Santiago en uno.

Llega el señor con su puto café frío y la señora sigue desahogándose. Me di cuenta que llevo una hora ahí y no he leído nada. Aún estamos en modo pelabola así que me paro y me voy. No hay plata para otro ponquecito caro.

Salgo para tomar el metro y, nuevamente, escucho una charla de una pareja de venezolanos. Es que sí, somos muchos acá. Esta vez son dos hombres tipo obrero. Llevan unas bolsas con Hallullas. Ese es mi pancito favorito. Otra cosa que se va metiendo en el cuerpo.

Los muchachos discuten sobre dinero.

  • “Chamo, yo me vine pa’ esta vaina porque mi primo me dijo que se vivía con sueldo mínimo. Nojoda, webon. Vivirá él a punta de Hallulla y queso. Aquí hay que llegar al menos al millón pa’ poder estar de pinga, marico…”

Hace dos años escribí esta nota: Caracas y las que estamos. Era una especie de reseña de algunas muchachas que nos quedamos en la ciudad y todavía hacíamos vida allá. Y lo dije claro: “todas tenemos la maleta lista”. Pero quería dejar un recuerdo de ese año, de ese instante.

Recuerdo las hamburguesas veganas que me comí entrevistando a Tamy. Recuerdo ir borrachita con mi amiga Zailly mientras veíamos la luna subiendo a la casa después de una noche rumberita y buena. Recuerdo comerme en Chacao una torta de chocolate malaza con Mel mientras hablábamos de los preparativos de su boda.

Recuerdo lo mucho, muchísimo, que amo escuchar. Y escribir sobre ello. Debe ser por eso que mi oído es una maravilla y mi acento lo reconozco inmediatamente. Y no debe ser casualidad que me encuentro con conversaciones nuestras, literalmente, en cada esquina.

Escribo esto porque me di cuenta que uno no se va del país. Porque país es lengua, gustos, disgustos, sabores, miedos, quejas. No importa si estás de acuerdo o no. No importa si te sientes identificado con la conversación. La entiendes. Y eso, justamente eso, es lo que me impresiona. Mi posición geográfica es otra. Pero mi oído, siempre, está atento a mi acento.

Ya sea a través de toda la desgracia que estamos viviendo ahora en Venezuela, sus videos, tweets o artículos. O a través de una conversación de café.

Ya veré qué hago con esas conversas que pillo en la calle. Eso, también, forma parte de nuestra historia y alegrías. Que tanto hacen falta.

Vienen tiempo mejores. Estoy absolutamente segura.

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