Mis patines y yo

“Aquí hay calamidades sin fin, pero a veces puedo vernos claramente en el futuro, y es bueno.”

Junot Díaz.

“Así es como la pierdes”

Este blog ha hablado conmigo por ocho años seguidos. A veces les muestro a ustedes las conversaciones. A veces no.

Pero el 2017 fue mudo. Estaba pasando tanto en mi vida que no hubo manera de conectarnos. Y exactamente lo mismo estaba pasando con la gente que usualmente me rodeaba. Cambié de país, de clima, de aire, de amigos, de mesa, de silla, de todo. Lo que no cambió en mi vida – y no lo hará- es patinar.

Y esta es la historia.

Barcelona.

Cuando viví en Barcelona mientras hacía mi postgrado estuve muy solita. Vivía con unos catalanes maravillosos que aún son mis amigos y estudié con las personas más inteligentes y adorables que he conocido en mucho tiempo. Pero ese tipo de amistad que se duerme contigo un domingo porque no hay nada que hacer, no existía.

Siempre me quedó ese recuerdo de niña patinando un diciembre y aquella felicidad que me daba. Quería repetir eso y era el momento. Pero nunca conseguí el equipo que quería: unos quads.

En una de esas tardes que paseaba por el centro sin mucho que hacer, me fui a revisar varias tiendas deportivas. Los patines no eran baratos, así que esperé que me llegara la remesa estudiantil y saqué 60 euros de donde no tenía.

Tenía 29 años.

Con unos kilitos invernales de más y muchas ganas de moverme de nuevo, agarré los patines y me fui a practicar en callecitas de El Raval. Recuerdo que escogí una donde había un par de negocios y muchas residencias. Y las viejitas salían a verme subir y bajar con cero equilibrio. Y se reían.

Pasé horas investigando dónde era mejor patinar, el mejor horario, con qué ritmo. Era una actividad sabrosa porque podía hacerla sola. Y así, esas rueditas se convirtieron en mis hermanas. Patinaba por la Barceloneta viendo el atardecer y con arena en los pies. Con mucho frío y con las piernas grandes y pesadas.

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2008, Barceloneta.

A medida que llegaba el calor, me fui aligerando. Mi falda y mis audífonos eran lo único que necesitaba. Aprendí a irme de la playa a la casa rodando. Las calles y aceras no eran muy amables pero no importaba.

Me aprendí el mejor camino y llegaba feliz. Hacía mercado llena de sudor y con mis patines blancos. Y lo más sabroso es que nadie me decía nada. O simplemente no prestaba atención.

Caracas.

Regresé a mi casa y me puse emo. Darks, pero mal. La depresión estaba ganando: sin trabajo, sin Raval, sin playa, sin postgrado y sin cervezas catalanas. Pasaron tres meses y pensé: no puedo más. Agarré los patines y me fui al estacionamiento de mi casa. ¿Saben cuando la lucecita llega al alma de nuevo? Así me sentí esa tarde.

Patiné mucho en mi edificio y luego, cada domingo, en la Cota Mil de Caracas. Es una autopista que rodea la ciudad y la cierran los domingos para disfrutar – al lado del Ávila- de sus calles. Puedes correr, montar bici, caminar durante toda la mañana. Respiras aire puro y no se acaba el verde. Es impresionante.

A pesar de que mi ciudad en esa época me dio las mejores noches de mi vida y nació este blog a punta de besos y rones, siempre me esperaba el domingo. Una vez me fui medio borracha a la Cota. Aún la boca me sabía a ron pero ahí estaba yo a las 8 am. Deshidratada, de Altamira a Los Dos Caminos y de regreso.

Pasan los años y las fiestas se hacen cada vez más rudas y el ron más travieso. Y decido parar. Llega el segundo par de patines y ahora, de lleno, me dedico a mover las nalgas cada domingo. Sin falta.

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Ahora…¿quién me iba a responder la llamada a las 6:30 am de un domingo? NADIE.

Otra vez, estaba muy solita. Una que otra vez iba la amiga de turno a correr un rato o a desempolvar sus patines de línea conmigo.

Llega el 2016 y empiezo a entrenar con el que ahora es mi novio. Los patines salían menos pero, al menos, estaba un poquito en forma. Los días de ron demente habían pasado -gracias a Dioj-.

Decido venirme a Santiago. Cuando vendí mis patines -los primeros- lloré por 10 minutos seguidos. ¿Cuándo volvería a rodar?

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2012, Caracas.

Santiago.

Llegué a Santiago con una maleta. La mayoría de las cosas que llevaba encima eran toallas, chaquetas, zapatos cómodos. Objetos que simplemente me mantuvieron caliente por un rato.

Cuando mi chico y yo empezamos a pasear y a entrenar por la ciudad me di cuenta que estaba repleto de patinadores. Pero ninguno quad. No me encontré con ninguna  clásica o derby. O, como yo, una que estuviera por ahí riéndose sola. Y empecé a preguntar a todo al que veía en ruedas: “¿Dónde están las rollerderby? ¿existen en Santiago?”

Descubrimos que había una especie de hermana de la Cota Mil y poco a poco vi a más rollers, pero ninguno me picaba el ojo.

Entré en internet a buscar los equipos o grupos pero los veía de lejitos: aquí no te aceptan en ningún lado si no tienes seguro de salud. Y con toda razón. Me he matado muchas veces en ruedas como para no saber que hay que estar protegido 😉

Pero sin visa, no había nada que hacer.

A los tres meses ya había visto entrenamientos, ya sabía los precios de las cuotas, había escogido mentalmente los patines que quería en la tienda. Pero no teníamos ni trabajo.

Pero nada, las cosas se mueven y uno también. Llegaron mis primeros patines chilenos. Exactamente los que quería. Y, sin mentir, se me hizo un nudito en la garganta cuando los usé después de casi 8 meses sin mover las nalguitas.

Al día siguiente de recibir mi seguro, literalmente, estaba aplicando para un grupo de rollerderby santiaguino. Y, oh vida, no funcionó.

Me cansé de buscar hasta que llegaron las subversivas. Y, oh vida, con ese equipo llegaron mis clones.

Me compré mis primeros derby. Así que ahora, en casa, hay 8 ruedas hermosas. Y tengo mi nombre: Santas Carnitas 79 😉

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2017, diciembre.

Unión Subversiva Rollerderby es un grupo que está formado por algunas de las mejores patinadoras que he conocido en mi vida. Han participado en el  Roller Derby World Cup, una de ellas ha jugado en las mejores ligas de Colombia, conocen toda la movida chilena y latina, estudian cada movimiento de las gringas, respiran y se mueven a través de sus piernas y sus brazos. Además, les gusta la birra y, sí, acaban el trapo cada cierto tiempo.

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Del rollerderby, que apenas estoy conociendo, sólo puedo decir que me reta. Cada día me exige moverme más, a comer mejor, a subir de peso para tener mejores músculos, me obliga tener una vida más sana pero no a punta de agua y cremas. A punta de sudor y mucho dolor. Y se lo agradezco.

Santiago tiene un ritmo de trabajo y de vida que no lo había vivido en ninguna ciudad. Y exigirle a mi cuerpo que aguante un poco más esa jornada, esa caminata de 20 cuadras, esa montada en bicicleta de 12 Km, esas dos horas de patinaje, me da vida.

Empecé a patinar con 29 años.Tengo 38 años hoy.

No puedo más que decir que entre mis ruedas y yo hay una relación -seria-.

Hasta que me den las piernas. ❤

 

 

IMPORTANTE: amo este video con locura pero nadie tiene protección y, literalmente, te puedes matar. Cascos, rodilleras, muñequeras y coderas, ¡siempre!

 

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